El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay —Es Dios quien nos lo envÃa —murmuró el maestro con voz lúgubre—. ¡El Destino nos debÃa esta revancha!
—Cuida de que no se nos escape, marinero.
—El traidor morirá.
—Ten cuidado, no vaya a llevar armas.
—Te repito que le mataré.
Empujó a Cardoso detrás de una esquina y se puso delante con la terrible navaja, empalmada, recogido sobre sà mismo como un tigre que va a lanzarse sobre su presa.
El agente del gobierno, que sin duda se dirigÃa a la casa del cónsul argentino, avanzaba sin desconfianza, con su calma acostumbrada y sumergido, al parecer, en profundas reflexiones. Ni siquiera habÃa fijado su atención en aquellos hombres que, acaso, ni habÃa visto.
—¡Ya está aquÃ! —murmuró el marinero cuando le tuvo cerca.
Dio un salto adelante y cayó con Ãmpetu irresistible encima del agente, agarrándole fuertemente por la garganta.
—¿Me conoces, traidor? —le rugió en el oÃdo el marinero, mientras Cardoso se ponÃa detrás de él con la faca en la mano.