El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay Empleando manos y pies trepó por el cañón de la chimenea y a los pocos segundos se reunía con Cardoso, que ya se había agarrado a una rama, dispuesto a dejarse caer a la calle.
—¿Ves a alguien? —preguntó el viejo lobo de mar.
—La calle está desierta —respondió el muchacho.
—¿No hay hombres junto a la puerta?
—No veo a nadie.
—Descansemos, y, sobre todo, no hagamos ruido alguno.
A horcajadas por las ramas, ganaron silenciosamente el tronco del árbol y se deslizaron hasta el suelo. Apenas el maestro se encontró libre, se irguió con un salto de fiera, exclamando con intraductible acento de odio:
—En marcha, hijo mío.
Doblaron a prisa la esquina de la casa y echaron a correr por la calle que tenían delante. Habían recorrido apenas cien metros cuando ambos quedaron parados a la vista de un hombre que avanzaba a paso lento, rozando el muro de la casa. Aunque la noche era oscura, los dos marineros le habían conocido.
—¡Calderón! —exclamó Cardoso.