El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay El marinero asió a Cardoso por los pies y le empinó a lo alto. El valiente muchacho se agarró a unos resaltos que debían haber servido a los limpiachimeneas, y ayudándose con las rodillas, se puso a trepar con la ligereza de una ardilla. Al llegar a la salida se detuvo, encontrándose aprisionado en una especie de caperuza, provista de algunas aberturas bastante pequeñas.
—¿Qué hacemos? —preguntó el maestro.
—Es necesario derribar la caperuza.
—¿Tienes fuerza para hacerlo?
—Creo que sí.
Metió la mano por una de las aberturas y sacudió fuertemente los ladrillos. La caperuza, de ligera construcción, cayó encima de él.
—¡Uf! —exclamó Cardoso, aspirando con fruición el aire fresco de la noche—. Estamos salvados.
Se izó sobre el tejado y recorrió con la mirada los alrededores. Cerca de la casa había un árbol cuyo ramaje llegaba hasta el canalón del alero, favoreciendo el descenso.
—Sube, marinero —dijo, asomándose por el tubo de la chimenea—. Dentro de cinco minutos estaremos libres.
—Voy —respondió el maestro.