El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay —¡Ah! ¿Eres tú, mi buen Diego? —exclamó—. Yo soñaba que estaba en casa en lugar de estar en el globo. ¡Ah! ¡Ya ha salido el sol! Entonces, ¿dónde estamos? ¿Se ve la costa?
—No te podré decir dónde estamos porque no creo que aquà haya un sextante para tomar la altura, pero creo que la costa debe estar tan lejos que es mejor no pensar en ello, al menas por ahora.
—De modo que la escuadra de los aliados…
—Ha desaparecido.
—Si, al menos, se la hubiera tragado el mar.
—En cambio, yo digo que navega alegremente, llevando consigo las reliquias del pobre «Pilcomayo». Pero dejemos irse a aquellos bribones y busquemos, por el pronto, alguna corteza de pan en que clavar el diente, porque yo creo que el capitán no se habrá olvidado de nuestro estómago.
—Busquemos, Diego. Aquà veo un montón de sacos y saquitos y cajas que deben contener alguna cosa útil.
—Haremos el inventario.
El previsor capitán habÃa pensado en todo. Los dos marineros encontraron en la barquilla una cantidad de objetos que les habÃan de llegar a ser de gran utilidad, asà en el mar como en la tierra.