El tesoro del Presidente del Paraguay

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CAPÍTULO V

EL CACHALOTE

A aquel anuncio que para los tres tenía grandísima importancia por la condición en que se encontraban, tan lejos de tierra y en aquel globo que de un momento a otro podía caer al mar para no volverse a levantar, el maestro y Cardoso se pusieron en pi e de un brinco, precipitándose al parapeto de la barquilla.

El agente del gobierno no se había Equivocado. Hacia el Sur, sobre la límpida y azul superficie del Océano aparecía distintamente un gran punto negro que parecía dirigirse al Este, esto es, en el mismo rumbo que seguía el aeróstato. No se distinguía sobre él ningún penacho de humo, ni blanqueaba nada que señalase una vela, pero su forma alargada semejaba a la de una nave y, cosa importante, a pesar de la lejanía, aquel extraño barco parecía adelantar con no común velocidad.

—¿Qué será aquello? —se preguntó el maestro que aguzaba la vista—. Ni humo, ni velas, ni mástiles. ¡Es un nuevo género de buque!

—¿Será acaso un despojo? —preguntó Cardoso.

—No avanzaría, y en cambio, corre con notable velocidad.

—¿Será acaso algún acorazado? Tú sabes que algunos no tienen más árbol que el mástil de señales.

—Pudiera ser un acorazado. ¡Oh! ¡Si yo tuviera un catalejo!


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