El tesoro del Presidente del Paraguay

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—¿A qué distancia calculas que está ese barco?

—A ocho o diez millas.

—¿Y si le hiciésemos señales?

—No es mala idea, Cardoso; dame la carabina y dispararé un tiro.

El muchacho tomó el arma, la cargó con cuidado y la pasó al maestro, el cual disparó al aire.

Las detonaciones se propagaron a gran distancia, pero no tuvieron respuesta. Antes a los dos marineros les pareció que la misteriosa nave redoblaba su marcha.

—Esos caballeros no están muy bien educados —dijo Cardoso sonriendo—. Cuando se saluda es costumbre que respondan.

—A mí me parece extraño que no nos hayan visto. ¡Por Baco! Si estuviésemos rodeados de nubes o de montañas lo comprendería, pero navegamos en medio de una atmósfera purísima. ¿Qué opina usted, señor Calderón?

—Nada —respondió el agente.

—Me parece que a, usted no le hace ninguna impresión la presencia de ese barco. Sin embargo, señor, se trata de nuestro pellejo.

El agente no se molestó en responder.

—Como usted quiera, señor —dijo el maestro un poco picado—. No es usted un compañero de viaje muy amable, le aseguro…


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