El tesoro del Presidente del Paraguay

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Los marineros se precipitaron a sus puestos, los unos a la amurada pasando los fusiles entre los petates arrollados encima de la batayola[1], los otros detrás del cañón grueso, de la torreta, o detrás de la ametralladora que el contramaestre Pedro había desenfundado en seguida. Todos los ojos se clavaron con ansiedad en la vasta extensión de agua que se abría ante el espolón del «Pilcomayo», pero en medio de las profundas tinieblas no se distinguía cosa alguna que tuviese apariencia de nave.

Sin embargo, el capitán, debía haber descubierto alguna cosa para dar aquella orden.

Pasaron algunos minutos, durante los cuales el crucero permaneció completamente inmóvil, y en medio do un absoluto silencio; después volvió a oírse la voz del capitán:

—¡Hola, Cardoso! ¿Lo ves?

Desde lo alto del palo mayor cayeron con lentitud estas palabras que parecían lanzadas por una voz de muchacho.

—Sí, a tres o cuatro millas a sotavento, capitán.

—¿Y las luces?

—No lleva.

—¿Navega?

—Hacia nosotros.

—¿Barco o vapor de vela?


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