El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay Afortunadamente, el señor Calderón, que aunque desmayado conservaba todavía un poco de lucidez, con las últimas palabras había impedido al globo subir a tan inmensa altura, donde los tres hubieran encontrado la muerte.
El maestro, que, más vigoroso que los demás, bahía resistido la terrible prueba, ni después de caído había soltado la cuerda, dejando así escapar el gas. El globo, después de subir todavía unos metros, había comenzado a descender con una rapidez tan notable que tres o cuatro minutos después se hallaba tan sólo ya a cinco mil metros.
Aquel regreso a las regiones del aire respirable produjo prontos y maravillosos efectos. El maestro, que pocos minutos antes parecía muerto, bien pronto se estremeció, se restregó los ojos, abrió la boca aspirando rumorosamente el aire, después se incorporó sobre las rodillas, mirando a los compañeros, que parecían dormir tranquilamente.
—¡Oh!… —exclamó con estupor—. ¿Estoy vivo o muerto? Si no me encontrase todavía en esta barquilla, con el globo sobre la cabeza, y con mi Cardoso al lado, diría que había vuelto a la vida desde el otro mundo… Pero ¿qué ha ocurrido? ¡Que el diablo se me lleve si entiendo esto!… El capitán debía habernos avisado las malas partidas que le juegan a uno estos navíos del aire… Pero ¿dónde estamos?