El tesoro del Presidente del Paraguay

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A distancia de dos mil o dos mil quinientos metros, distinguió una gran masa negra, que de cuando en cuando se iluminaba de azul o rojo y que era surcada en todas direcciones por lenguas de fuego que parecían rayos por lo veloces. Sordos gruñidos subían acompañados de extraños rugidos que parecían producidos por un viento furioso.

—Deben ser nubes —dijo él—. Todavía estamos muy altos; pero, si no me engaño, el globo baja con gran rapidez. Temo haberle sangrado con exceso.

Dejó el sitio, se inclinó sobre Cardoso y le levantó delicadamente, llamándole varias veces. El mozo abrió en seguida los ojos y lanzó un sonoro estornudo.

—¿Cómo te encuentras, hijo mío? —le preguntó con interés el maestro.

—Muy bien, marinero —respondió Cardoso—, pero ¿he dormido yo acaso?

—No; te has desmayado.

—Sí, sí…, ahora me acuerdo…, estaba muy malo, la cabeza me daba vueltas, el pulso me latía furiosamente, el vientre se me hinchaba; Pero ahora experimento un gran bienestar.

—Lo creo.

—¿Y el señor Calderón, dónde está?

—Aquí —respondió el agente, que se incorporaba lentamente.


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