El tesoro del Presidente del Paraguay
El tesoro del Presidente del Paraguay —Me felicito de verle a usted todavÃa vivo, señor —le dijo Diego—. ¿Me explicarÃa usted lo que nos ha ocurrido?
—¿El globo desciende?
—SÃ, señor.
—El descenso nos ha salvado.
—¿Por que? —preguntaron a una el maestro y Cardoso.
—Nuestro desvanecimiento ha sido producido por la gran elevación a que habÃa llegado el aeróstato —dijo el agente—. ¡Siete mil metros!… A semejante altitud no se puede vivir.
—¿Y por qué no lo dijo usted antes? —preguntó el maestro—. Hubiera hecho la sangrÃa a tiempo oportuno.
El agente se encogió de hombros y no respondió. Se levantó, miró tranquilamente el barómetro, dirigió una mirada al exterior, después se acomodó entre los saquetes y volvió a cerrar los ojos.
—Señores —dijo el maestro—, estarnos bajando.
—Pues no sé qué hacer —respondió el agente.
—Dentro de poco estaremos entre las nubes.
—Tanto peor.
—Entonces, buenas noches. ¡Uf! ¡Qué oso!
—¡Bah! Ya sabremos salir del apuro sin él, cuando llegue el momento oportuno —elijo Cardoso.