El tesoro del Presidente del Paraguay

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Aquel peso, no indiferente, hizo subir el aeróstato a seis mil metros, pero eran esfuerzos vanos. El gas no era ya bastante para sostener a tres hombres, y los pliegues de la envoltura iban en aumento. Sin duda se escapaba a través de los poros y acaso por la misma válvula que no cerraba bien.

A las tres de la mañana, se volvieron a oír los mugidos del Océano. Diego y Cardoso, que no pensaban en cerrar los ojos, creyeron divisar entre las tinieblas la espuma de las olas.

—El momento terrible se acerca —dijo el maestro, secándose el frío sudor que bañaba su frente—. Dentro de pocas horas las ondas nos darán su primer beso. ¡Oh! ¡Si al menos se divisase la tierra!

—Esperemos, marinero —dijo Cardoso que conservaba admirable sangre fría a pesar de sus pocos años—. Somos hombres acostumbrados a desafiar la muerte y ya hemos visto otras más duras en nuestros viajes.

—No digo que no.

—¡Qué sorpresa para el señor Calderón cuando abra los ojos!

—¡Bah! Es uno de esos hombres que de nada se sorprenden. Duerme como si estuviera en un cómodo lecho, a cubierto de todo peligro.

—¡Qué tipo más extraños marinero!

—Digno de envidia, muchas veces, Cardoso…

—¡Oh!


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