En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas TAL como lo previera Amali, no quedaban del buque náufrago más que restos informes. El casco, abrumado bajo el peso enorme de la artillerÃa y de la arboladura que debió caer, habÃase hundido poco a poco por completo y se veÃa ahora bajo el agua, a algunas brazadas de profundidad.
Sólo emergÃa un trozo de palo trinquete, al cual estaba sujeta una vela. En cambio, a través de las olas que se rompÃan fuertemente en los escollos se veÃan banderas, tablas, fragmentos de muras y muchos cadáveres, destrozados por los tiburones, suspensos con la pleamar sobre las arenas de los bancas.
—No tenemos nada que hacer aquà —dijo Amali—; el barco está enteramente perdido y no podrÃamos poner nada a flote.
—¿Crees que los tripulantes se hayan refugiado en algún islote de la costa de Ceilán?
—Los habrán recogido los pescadores de perlas, llevándolos a la India. Dejemos estos restos que de nada nos servirÃan y alejémonos pronto. Las olas podrÃan empujarnos sobre los cayos y embarrancar el «Bangalore».
Con una prudente maniobra, Amali guio la nave a través de todos aquellos arrecifes de coral que mostraban por doquier sus agudas puntas, y la lanzó hacia Levante, donde comenzaban ya a surgir confusamente las altas playas de Ceilán.