En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas HabÃa aumentado la brisa y el «Bangalore» navegaba con creciente velocidad, haciendo más de ocho millas por hora, lo cual le permitirÃa abordar las costas de la isla mucho antes de que saliera el sol.
Esto era lo que por otra parte deseaba Amali, pues le permitirÃa aproximarse sin ser advertido, para que los habitantes de la costa no entraran en sospechas y alarmaran a los guerreros del maharajá.
Antes de obrar querÃa buscar un refugio seguro para no exponerse al peligro de hacerse abordar y perder su nave.
A las dos de la mañana el «Bangalore» se encontraba tan sólo a cincuenta brazos de la playa y precisamente delante de un estrecho canalizo orillado por inmensos árboles que entrecruzaban sus copas sobre el agua.
—¿Vamos a ocultarnos all� —preguntó Durga.
—Sà —respondió Amali—. Este canal conduce a una ensenada bastante ancha, a una especie de laguna inhabitada y rodeada de bosques inmensos, sólo frecuentados por los tigres. Allà estaremos seguros como en una cueva.
—¿Estamos lejos de Yafnapatam?
—Diez millas a lo sumo. Avancemos con precaución, porque el canal está sembrado de escollos y poblado de cocodrilos de inaudita ferocidad.
—Contra esos reptiles tenemos armas de sobra, patrón.