En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas Mientras los indios bajaban al sollado a armarse y Durga enfilaba las espingardas hacia proa, el rey de los pescadores de perlas hacía maniobrar su nave con extraordinaria habilidad, conduciéndola por entre los bancos.
Ya ahora habían desaparecido las tinieblas y se mostraba el sol sobre los árboles, proyectando haces de dorada luz a través del inmenso follaje de los plátanos y los manzanillos.
Las descargas, entretanto, se sucedían ininterrumpidamente y cada vez más cercanas. Ya era el cañón el que dejaba oír su voz rimbombante, ya, al contrario, era el crujir de la mosquetería.
—Estamos próximos al teatro de la lucha —dijo de pronto Amali, abandonando otra vez la barra del timón y empuñando una carabina con la culata incrustada de nácar y de plata.
Aullidos feroces, que parecían de fieras furibundas, mezclábanse a los disparos de fusil y a los cañonazos. Habríase dicho que aquel tropel de salvajes se precipitaban al asalto de alguna aldea o de algún puesto fortificado.
—Son los candianos que habitan en los bosques —dijo Amali—. Son sus aullidos de guerra que he oído muchas veces, cuando, con mi hermano, rechazábamos sus invasiones.