En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas El efecto fue terrible; cinco chalupas se tumbaron llenas de cadáveres y de heridos, y el «Bangalore» avanzó hacia la pinaza cuya tripulación, entre tanto, no habÃa cesado de defenderse desesperadamente con el cañoncito que montaba y estaba colocado a proa, y con las carabinas, aunque sin lograr romper el cÃrculo de los asaltantes.
—¡Un hombre blanco! —gritó Amali.
Un europeo vestido de lienzo, con un sombrero de paja en la cabeza, se lanzó hacia la popa de la pinaza. En la mano llevaba una carabina humeante aún.
—¿Quién sois? —gritó.
—Soy el rey de los pescadores de perlas, esto es, un amigo. Abandonad vuestra embarcación, que no puede moverse y amparaos en la mÃa.
—¿Y el cañón?
—Clavadlo; os serviréis de mis espingardas.
El europeo lanzó un cable y se dejó deslizar sobre la cubierta del «Bangalore», seguido de sus cinco indios, que habÃan ya clavado la pieza. Era un guapo joven de unos treinta años, bien conformado, con los cabellos y la barba rubios, ojos azules, lÃneas distinguidas y finas.
Tendió la mano a Amali, diciéndole brevemente, en perfecto cingalés: