En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas El velero se incendió como el cráter de un volcán en plena erupción. Las espingardas tronaban una después de otra, destrozando las chalupas más cercanas, y sucedió luego una furiosa, fusilerÃa que continuaba implacable, mortal. Los gritos de guerra se cambiaron en alaridos de muerte, en estertores de agonÃa, en gemidos desgarradores.
Se oÃa el plomo que hendÃa las carnes con sordo rumor y rompÃa los huesos, y se oÃan las gruesas balas de las cuatro espingardas romper las tablas de las chalupas.
Las primeras barcas se fueron, a pique con sus tripulantes; pero acudieron otras de todas partes para impedir al «Bangalore» que se reuniese con la pinaza.
—¿No tienen aún bastante? —gritó Durga, sorprendido—. Y sin embargo, hemos matado un número regular.
—No nos dejarán tan pronto —respondió Amali, que conocÃa el valor y la obstinación de aquellos formidables salvajes—. ¡Fuego de nuevo con las espingardas!
Las cuatro bocas de fuego hicieron una nueva descarga, pero esta vez con metralla.