En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas —Hay, sin embargo, tal complejidad de circunstancias, que no os aconsejarÃa yo que la mirarais con buenos ojos ni pensarais demasiado en ella —dijo el francés.
—Y, no obstante, siento que no seré feliz hasta el dÃa en que aquella gentil niña sea mÃa. Desde el dÃa que la vi aparecer entre los pescadores de perlas, radiante de belleza, fulgurando en su barca dorada, no he podido alejar su imagen un solo instante de mi mente. He tratado de odiarla pensando que era la hermana del que asesinó ferozmente a mi hermano, y que, si pudiese, me harÃa sufrir a mà igual suerte, y nunca me ha sido posible, Juan Baret. Ha quedado impresa tan profundamente en mi corazón que ya jamás se borrará de él.
—Comprendo vuestra pasión, mi pobre amigo —dijo el francés en tono confidencial—; reflexionad, sin embargo, en que el maharajá no consentirá jamás en cedérosla, ya que un dÃa u otro habréis de intentar derribarle del trono. Quizá renunciando a vuestras miras…