En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas —Es imposible dejar esta vereda. A derecha e izquierda hay junglas impenetrables, que están infestadas de serpientes.
—Pues no podemos hacer frente los dos solos a quince o veinte elefantes. Nos harÃan trizas en un instante.
—Yo lo sé, señor.
El francés levantó los ojos. La higuera bajo la cual se habÃa detenido era tan enorme que formaba por sà sola como un pequeño bosque, estando compuestos estos árboles de muchos troncos que continúan renovándose.
—Nos ocultaremos ahà arriba —dijo—. El follaje es espeso y los elefantes no nos verán.
—Buena idea —dijo Durga.
—Ayúdame entonces.
Habiendo encontrado un tronco muy grueso treparon por él, ayudándose mutuamente y llegaron a una de las ramas más altas, desde la cual podÃan dominar cierto espacio del bosque.
Desde allá arriba divisaron, a cincuenta pasos de distancia, un claro en el que se hallaban inmóviles diez o doce elefantes, mientras otros tres o cuatro vigilaban dando vueltas en torno de sus compañeros.