En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas El animal, encolerizado, se precipitaba ora adelante, ora a derecha o izquierda ora retrocedÃa, intentando matar al caballo y a los dos cazadores a golpe de trompa.
No lo alcanzaba, sin embargo, porque el caballo esquivaba hábilmente los peligros volteando y saltando.
—¡Bravo! —exclamó el francés entusiasmado—. ¡Son admirables!
—Eso no es nada —dijo Durga—. Estad atento a lo que hará el otro jinete, el que lleva la espada.
—¿Dónde herirá al elefante?
—En el tendón, algo por encima del talón.
—Se hará matar.
—¡No, no temáis!
—Esos dos hombres son unos valientes. Voy a preparar la carabina para ayudarles si les veo en peligro.
—Dejadlos hacer, señor. Son de Yafnapatam. Ya veréis cómo no nos necesitan.
El caballo seguÃa en sus evoluciones, cada vez más veloces. En pocos momentos se encontró detrás del elefante.
RapidÃsimo, el hombre que tenÃa la espada se habÃa dejado caer al suelo.
Era el instante más difÃcil de la lucha, porque necesitaba que el jinete volviese de repente atrás a recoger a su compañero.