En El Mar de las Perlas

En El Mar de las Perlas

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—Durga tenía razón —dijo—. Habría sido mejor que les hubiese dejado en paz. Veamos si podré espantarles.

Se puso de rodillas, y apartando las hierbas, apuntó al más próximo en las sienes.

Al oír el disparo, los dos que salieron incólumes huyeron; el tercero, en cambio, que había recibido la bala en el cráneo, se precipitó entre las hierbas, buscando al agresor.

¡Ay de Juan Baret si hubiese perdido su sangre fría y hubiese emprendido la fuga!

Habría estado infaliblemente perdido.

Como hemos dicho, no era aquella la primera caza del francés.

En vez de dejarse ver, se acurrucó entre las hierbas, agachándose todo cuanto pudo.

El elefante atravesó el matorral de algunos saltos, pasando cerca de su enemigo y después volvió sobre sus pasos, mugiendo y descargando trompazos locamente.

Su aspecto en aquel momento era tan terrible que el francés por un instante se creyó perdido.

Al cabo de un rato le vio detenerse bruscamente, y ponerse a escuchar. ¿Trataba de sorprender la marcha del cazador?

Juan Baret no se movía; procuraba esconderse lo mejor que podía, sabiendo que el menor movimiento le podía costar la vida.


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