En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas Desde el lugar en que se encontraba hubiera podido matar fácilmente al adversario. Tenía el fusil vacío y no se atrevía a cargarlo por miedo a mover las hierbas y llamar la atención del paquidermo, que estaba siempre alerta, mientras brotaba abundante sangre de su herida.
Entretanto, el francés no le perdía de vista, resuelto a vender cara, su vida si le hubiese visto avanzar aún.
Habían, transcurrido algunos minutos cuando resonó un disparo a sólo diez pasos de distancia.
El elefante, herido nuevamente en algún órgano vital, levantó la trompa, mugiendo fuertemente, sacudió las orejas y dio algunos pasos tambaleándose.
—¡Bravo, Durga! —dijo el francés—. Ahora yo.
Cargó rápidamente la carabina, apuntó al coloso en dirección, al corazón y por segunda vez hizo fuego.
Fue un golpe mortal. No se había extinguido aún el eco dé la detonación cuando el enorme animal caía en tierra, lanzando el último barrito[8].
—¡Durga, ya es nuestro! —gritó Juan Baret—. Puedes acercarte.