En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas El segundo de Amali, tranquilizado con aquellas palabras, se lanzó fuera de una espesura de céspedes en medio de la cual se habÃa mantenido oculto hasta entonces.
—Tres buenos tiros, señor —dijo.
—Que valen el tajo del cingalés, ¿no te parece?
—Estoy convencido. Y ahora, ¿qué queréis hacer de toda esta carne?
—Se la dejaremos a los cingaleses.
—Pecado será abandonarles también estos hermosos colmillos.
—Nos servirán de estorbo, y además no tenemos sierra con que cortarlos. Cuando tu señor sea maharajá y me nombre su montero mayor, los cogeremos en abundancia. Dejemos a ese difunto y pensemos en los habitantes de Yafnapatam, que están vivos y son muy peligrosos.