En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas JUAN Baret y Durga, después de apagar su sed en un clarÃsimo arroyuelo que corrÃa por la linde del claro, aunque muy disgustado por tener que abandonar aquella montaña de carne, pusiéronse en camino siguiendo el ancho sendero abierto por el elefante herido por los cazadores cingaleses. El enorme animal, en su desordenada fuga, habÃa destrozado el bosque, derribando a su paso gran número de árboles más o menos gruesos. ParecÃa que un tren hubiese pasado a toda velocidad, trazando su surco enorme.
—¡Qué fuerza tienen esos animales! —dijo Juan Baret, mirando los árboles yacentes en tierra—. Parecen verdaderamente de hierro y no de carne. ¡Y pensar que reducidos a esclavitud son tan dóciles!
—Hasta demasiado —añadió Durga—, pues basta un niño para guiarlos. Y en realidad, niños son los que se encargan de hacerles ejecutar los trabajos más pesados, como el transporte de troncos de árboles y otros pesos enormes.
—He oÃdo decir que quieren mucho a sus minúsculos conductores.