En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas —Y los defienden contra los ataques de las fieras. He visto un dÃa un tigre tratar de acercarse a algunos chiquillos conductores que jugaban al borde un torrente. Los dos elefantes que estaban con ellos acudieron, apenas advertidos del peligro, y se colocaron en medio, haciendo de sus corpachones escudo contra el asalto de la sangrienta fiera.
—¡Cuánto afecto, y sobre todo, cuánta inteligencia! Es un verdadero pecado matar a unos animales que prestan tan señalados servicios al hombre.
—En algunas regiones de la isla está prohibido matarlos.
—Quien ha dictado esta ley, ha obrado muy bien. Y Yafnapatam, ¿está muy lejos aún?
—Tres horas por lo menos, señor.
—Entonces llegaremos antes de la puesta del sol.
—SÃ, si alargamos el paso.
—No estoy cansado.
Asà diciendo habÃan abandonado el sendero trazado por los elefantes, pues conducÃa al centro de la isla, y tomaron otro abierto por los hombres.
No se veÃa aún ningún habitante, y al bosque sucedÃa la jungla, con sus cañas espinosas, altÃsimas, refugio de las fieras y sobre todo de las serpientes.
HabÃan visto ya alguna que otra fiera atravesar el sendero y huir en medio de aquel caos de árboles.