En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas —¡Mal pecado! ¡Mejor hubiera sido que no pensara jamás en esa joven!
—¡Eh! ¡Idle con consejos a un enamorado! Por mi parte, creo serÃa lo mejor que las dos familias contrajesen parentesco, reuniendo bajo un solo cetro a los partidarios de una y otra dinastÃa. SerÃa buena polÃtica.
—De esta suerte el maharajá escaparÃa a su castigo —dijo el capitán con acento feroz—. Pero yo no estoy enamorado.
—Vuestras palabras encierran una grave amenaza, y no quisiera yo encontrarme en el pellejo del maharajá.
El capitán de guardias hizo con, la cabeza un signo que parecÃa una afirmación, y levantándose dijo:
—Debo ir a ver al maharajá. Contad conmigo, y durante mi ausencia sois el dueño de esta casa.
—Pues nos aprovecharemos de ello, porque estamos cansados y hambrientos —respondió Juan Baret—. ¿Cuándo nos veremos ahora?
—Antes de la tarde. Os recomiendo que no pronunciéis el nombre d Amali delante de mis criados. SerÃa peligroso para mÃ, y más aún para vosotros.
Apenas hubo salido cuando entraron los criados con una mesa rica mente puesta, que colocaron en medio de la sala.