En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas El monarca, viéndoles pasar, levantó los ojos y se dignó saludar a Juan Baret con la mano, indicándole luego el puesto que debÃa ocupar, o sea a la izquierda de su elefante.
—Quiere ver cómo tira —dijo el francés—. Ya te lo enseñaré, querido.
—Sin embargo, cuenta con vuestra protección, —dijo el capitán—. Se siente más seguro a vuestro lado.
—Pues si adivinase mis pensamientos se apresurarÃa a hacerme retroceder —dijo Juan Baret.
Los elefantes, barritando estrepitosamente, habÃan comenzado a apartar a los perros, para que ocupasen su puesto los batidores. Estos iban a los lados, haciendo un ruido ensordecedor con los tambores y los tam-tam para hacer saltar fuera a los tigres, que debÃan hallarse ocultos en aquel caos de vegetación.
Los perros, desatraillados, olfateaban en todas direcciones, ladrando y brincando como endemoniados, pero prontos a refugiarse entre las patas de los elefantes a la primera aparición, de las sanguinarias fieras.
Los cazadores, de pie sobre sus torres, vigilaban los contornos, teniendo las, armas a su alcance.
—No deben estar lejos los tigres —dijo Juan Baret al capitán—. Yo atacaré a los que están ya levantados y huyen delante de nosotros, pisoteando las plantas.