En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas En un momento rodearon al tigre, ladrándole. La fiera se habÃa detenido mirando a aquellos numerosos adversarios. HabrÃase dicho que examinaba con aire de profundo desprecio a aquellos animales que no se atrevÃan a acercársele y que a cada movimiento suyo retrocedÃan, escondiéndose prudentemente entre las cañas o bajo las trompas de los elefantes.
—¡Hola! ¡No se mueve! —exclamó Juan Baret—. Ahora te hago saltar yo.
Estaba apuntando su carabina cuando el maharajá y sus compañeros hicieron una descarga que no produjo ningún efecto, porque el tigre no se movió.
Las manos reales no eran bastante firmes y menos aún las de los ministros y otros altos dignatarios.
—¡Qué tiradores! —murmuró el francés.
Levantó la carabina y aprovechando un momento en que el elefante estaba quietó, disparó.
La fiera no dio ni siquiera un salto. Se agachó de pronto, tendiéndose sobre la hierba.
—¡Bravo, hombre blanco! —gritó el maharajá entusiasmado—. Mis hombres son unos cobardones comparados contigo.
Como si aquel tiro hubiese sido la señal, lanzáronse otros tigres contra los perros, lanzando rugidos tremendos.