En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas EL buzo que el valeroso Amali había rescatado del mar mientras el tiburón estaba a punto de partirlo por la mitad y devorarlo, era un apuesto joven de veinticinco a veintiocho años, de estatura más que mediana, la tez rojiza y las líneas casi caucásicas.
Al igual que todos los cingaleses, llevaba una barba casi rala y tenía los cabellos largos, anudados sobre la nuca y sujetos por un alfiler de plata superado por una perla, la cual en vez de ser blanca era azulada; una perla rarísima y de un valor quizá inapreciable.
Lucía en los dedos numerosas sortijas de oro macizo, con esmeraldas de una pureza y de un esplendor incomparables, joyas no compatibles con la humilde condición de un buzo.
Por la delicadeza de sus líneas y la pequeñez de los pies y de las manos se podía argüir también, que no debía ser un pobre pescador de perlas.
Durga había observado todo eso y no se había maravillado poco por ello, pero sin dirigirle ninguna observación sobre el caso a su patrón. En cambio se dedicaba a friccionar enérgicamente el pecho del buzo, mientras uno de los marineros introducía entre los labios del desvanecido joven un frasquito que contenía arrak[2].