En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas Sintiéndose abrazar las fauces con aquel lÃquido sumamente alcohólico, el buzo se estremeció como si hubiese sentido una quemadura, después estornudó muchas veces y por fin abrió los ojos, mirando en torno con aire de estupor.
—No estás en el fondo del mar —le dijo Durga—. Abre los ojos; mira; estás a bordo de un barco, y el tiburón que querÃa devorarte está muerto.
—¿Quién me ha salvado? —preguntó el joven.
—Un hombre que no le tiene miedo al mar, ni a los tiburones ni a las fieras.
—¿Quién es?
—¿Qué te importa? ¿No es suficiente que te haya salvado? —preguntó Durga.
—Deseo conocerle —insistió el buzo, casi con tono de mando.
—Toma este regalo que te hace tu salvador, y vuélvete a tu barca.
Al ver la preciosa joya que Durga le presentaba, asomó una sonrisa de desprecio a los labios del joven.
—¡Perlas a mÃ! —exclamó—. Regálaselas a mis marineros si quieres, o dáselas a los tuyos.
—Muchacho —dijo el segundo de Amali, turbado—. Estás rechazando mil libras esterlinas, un tesoro para un pescador que no gana más que cinco chelines de jornal. No quieras hacerme suponer que poseas tantas.