En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas —Devuelve esa joya al que me la ha dado, ya que no quieres repartirla entre tus hombres.
—El rey de los pescadores de perlas no recoge lo que ha regalado.
Ante aquella respuesta, una rápida conmoción convulsionó el rostro del joven, mientras un relámpago cruzaba sus negrÃsimos ojos.
—¡El rey de los pescadores de perlas! —exclamó, casi con un esfuerzo—. ¿Es él quien me ha salvado?
—SÃ, yo soy —dijo Amali, aproximándose—. ¿Te pesa que haya arriesgado mi vida por ti?
El joven buzo enmudeció, fijando en Amali una mirada en que se leÃa a la vez curiosidad y temor.
—El rey —murmuró.
Se puso en pie lentamente, con despecho, como si se encontrase mal delante de aquel orgulloso personaje, hizo un ademán de adiós y se dirigió rápidamente a la borda, diciendo:
—Gracias.
Iba a lanzarse al agua, cuando Amali le puso su diestra en el hombro, deteniéndole.
—¿Quién eres tú para despreciar un regalo del rey de los pescadores de perlas? —le preguntó, llevándole casi hasta debajo de la toldilla del barco.
—Un buzo —respondió el joven, librándose ágilmente de las manos que lo sujetaban.