En El Mar de las Perlas

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14. La persecución de los cingaleses

EN los bosques y las junglas de Ceilán suele suceder que se encuentren antiguos templos; dedicados a Buda, divinidad que se dice habitaba en, aquella isla encantada antes de pasar a la india a predicar la nueva religión.

Aquel en que los fugitivos se disponían a refugiarse era una pagodita formada por una sola cúpula, pero que antiguamente debió haber sido más vasta, porque a su alrededor se veían numerosas ruinas y murallas derrocadas en parte, adornadas con groseras esculturas.

Conducían a la pagoda una escalera de ladrillos, derrumbada en parte y cubierta de musgos.

—Esperad —dijo el francés—. También quiero yo ir a la vanguardia. Si ya no hay bonzos podría haber en cambio tigres o panteras. ¡Terribles sacerdotes a fe mía!

Subieron en silencio la escalera y se detuvieron ante la puerta, mirando alrededor del templo. La oscuridad era tan profunda allí dentro, que no se distinguía absolutamente nada.

—Parece que entramos en una caverna —dijo Juan Baret—. ¿Si encendiéramos alguna rama? Tengo mi eslabón y pajuelas.

—Sería lo mejor —respondió Amali.

—¡Oh! —exclamó Durga—; ¡veo algo que brilla en las tinieblas!


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