En El Mar de las Perlas

En El Mar de las Perlas

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Este, viendo caer junto a sí aquella lluvia de fuego, dio cuatro o cinco vueltas alrededor de la estatua, lanzando estridentes aullidos, y luego, dando sus últimos saltos, desapareció dentro de un corredor hueco que se abría en el extremo opuesto del templo.

—Ese terco no quiere marcharse —dijo el francés con enfado—. Nos veremos obligados a matarlo si queremos permanecer aquí.

—Ataquémosle en el corredor —aconsejó Amali—. Un tiro disparado allí dentro no se oirá de muy lejos.

—Eso creo yo también —añadió Juan Baret—. Y después, los cingaleses no deben haber descubierto nuestras huellas con esta oscuridad.

—Encendamos antes algunas cañas para ver mejor.

Con las culatas de las carabinas hicieron rodar las cañas hacia el corredor, y llegados cerca de la entrada se detuvieron, tratando de descubrir al animal, que rugía siempre.

No se trataba a la verdad de un corredor: era un antro de apenas seis pasos de largo, estrecho y muy bajo, y en parte obstruido por escombros.

La fiera se había acurrucado en el fondo, en una actitud que hacía prever un inminente asalto.

—¡Detrás el niño! ¡Está por ponerse delante de nosotros! —gritó Juan Baret.


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