En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas El capitán cogió a Maduri y lo puso detrás, formándole escudo con su propio cuerpo.
—¡Fuego! —gritó el francés.
Resonaron tres tiros. El leopardo, herido, tal vez mortalmente, se alzó sobre las patas traseras, y luego avanzó impetuosamente contra los agresores, que se encontraban con las armas descargadas.
En su arremetida había encontrado a Amali. El rey de los pescadores de perlas, con un, valor de león, sacó rápidamente el puñal y afrontó a la fiera.
Con mano de hierro la cogió por el cuello y con, dos golpes, vibrados con la rapidez del rayo, la arrojó al suelo, partiéndole el vientre.
—¡Qué puños tan sólidos! —exclamó el francés admirado—. Mis felicitaciones, Amali. Nadie se habría atrevido a imitaros.
—Si no lo llego a matar, causaba alguna víctima —respondió el rey de los pescadores de perlas—. Estaba temblando por Maduri.
—Ya que está muerto tomemos posesión del templo y descansemos. Lástima que nos falte la cena.
—Mañana buscaremos comida —dijo Durga—. En la jungla abundan, siempre ciervos y gamos.
—Preparemos las camas —dijo Juan Baret—. He visto cerca de este templo un plátano que nos proporcionará hojas frescas y perfumadas.
—¿Y podréis dormir? —preguntó Amali.