En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas —¿Por qué no?
—¿Y los cingaleses?
—Por esta noche nos dejarán, tranquilos. Velaremos por turno, por precaución, si teméis algo.
—Mucho temo, Juan Baret. Me preocupan los perros de los cingaleses. Acabarán por descubrir nuestras huellas. ¡Ah! ¡Callad…!
—¿Qué habéis oÃdo?
—Un ladrido lejano.
—Será algún chacal.
—No, aúlla de otra manera.
—Me pesarÃa bastante que los cingaleses hubieran hallado nuestra pista.
—Escuchemos.
Mientras el capitán y Durga preparaban las yacijas con las hojas traÃdas por los dos marineros, dirigiéronse hacia la puerta del templo deteniéndose en la escalinata.
La tenebrosa jungla en aquel momento callaba como si todos sus habitantes estuviesen fugitivos. Ni siquiera los grillos cantaban ya. OÃanse en cambio, a favor de la brisa nocturna, ladrar y aullar los perros.
Amali, inclinado al pie de la escalera, con las manos sobre los oÃdos escuchaba conteniendo el aliento.
En medio de aquel silencio oyóse un ladrido especial que lanzan los perros cuando siguen la pista de una pieza de caza.