En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas —No, tío.
—Toma una caña encendida, y mi puñal, y anda a ver adónde conduce ese pasadizo. Ha sido una gran suerte que Juan Baret haya reparado en ella. Nada se le escapa a mi valiente amigo.
El niño cogió la caña y el puñal, y después de vencidas algunas dificultades por ser estrecho aquel agujero, aun para su cuerpo, se dejó caer, sin la menor vacilación.
—¿Qué ves? —preguntó Amali.
—Un corredor —respondió Maduri.
—¿Dónde conduce?
—Voy a ver.
El niño desapareció, agitando la caña para reavivar la llama. Su ausencia no duró más que un minuto.
—Tío —anunció al volver—, este corredor conduce a una reja que se abre a flor de tierra, fuera de los muros de la pagoda.
—¿Es largo?
—Cincuenta pasos.
—Así, no falta, pues, el aire.
—Hay hasta demasiado.
—Te alcanzaremos hojas donde puedas echarte en seco y permanecerás ahí hasta que haya pasado el peligro.
—Haré lo que queráis.