En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas Debajo habÃa un hueco redondo, de cerca de dos metros de profundidad. Una corriente de aire que procedÃa de no se sabÃa dónde, hizo vacilar la llama de una caña encendida que el francés tenÃa en la mano.
—¿Dónde conducirá? —dijo Amali—. Tal vez sea un pasadizo secreto que salga al exterior.
—Esta corriente de aire lo hace suponer asà —respondió Juan Baret.
—Pero ¿de qué podrÃa servir con una entrada tan estrecha? Un hombre, por delgado que fuese, no podrÃa pasar.
—Pero bastará para Maduri.
—Si puede bajar —respondió Amali—. El escondrijo será inviolable, pues los cingaleses no llevan niños consigo.
—No he visto ninguno en su campamento.
—No perdamos tiempo —dijo el capitán—. Despertemos a Maduri y hagámosle explorar este pasadizo.
El niño, que dormÃa profundamente sobre una yacija de follaje, fue despertado y se le condujo ante el agujero.
—Trabajamos por tu salvación —le dijo Amali—. Aquà hay un escondrijo inaccesible a los hombres, que puede, en caso de peligro, servirte a ti.
—¿Nos vemos amenazados, tÃo? —preguntó el niño.
—Hasta ahora no… ¿TendrÃas miedo de bajar?