En El Mar de las Perlas

En El Mar de las Perlas

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Las cuerdas le magullaban las carnes, ocasionándole agudos dolores pero con todo continuaba haciendo esfuerzos hercúleos para ensancharlas Desde hacía algún tiempo sentía que el brazo izquierdo, poco a poco se deslizaba entre los nudos. Redobló las tracciones y finalmente logró sacar libre la muñeca. Ya era algo.

Torciendo la mano hasta casi dislocársela, la acercó a la faja y logró coger el puñal. A duras penas pudo ahogar un grito de alegría.

Los porteadores, que corrían, siempre como locos y sólo se preocupaban por evitar las cañas espinosas, no habían advertido nada. Además de que, como hemos dicho, el prisionero estaba cubierto por una segunda tela.

Juan Baret cortó una primera cuerda, después una segunda y así poco a poco, sin sacudidas, libertó todo su cuerpo.

—Ahora, cortaré la tela de debajo y me dejaré caer. Un pensamiento lo detuvo.

—¿Y si detrás de esos conductores van los otros? Prestó oído y no le pareció notar que siguiese nadie detrás.

—Perdido por perdido, probemos —dijo.

Cortó, sin hacer ruido, la tela, en toda su extensión, y luego, aprovechándose de un salto que dieron los conductores para evitar algún hoyo; o alguna raíz se dejó caer al suelo sin soltar el puñal.


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