En El Mar de las Perlas

En El Mar de las Perlas

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Por una suerte inaudita fue a caer precisamente en una zanja que los conductores estaban saltando, y por lo mismo no cayó entre las piernas de los que venían detrás.

Los cingaleses, que corrían como liebres, habían seguido su camino, sin fijarse en manera alguna en aquel improvisado aligeramiento del bayarte. Pero no debían ir muy lejos.

Juan Baret se levantó precipitadamente y no viendo a nadie se deslizó entre los bambúes a toda la velocidad de que era capaz.

Había recorrido dos o trescientos pasos cuando oyó gritar a los conductores como energúmenos.

—Lo han advertido —dijo Juan Baret, redoblando su carrera—. ¡Echadme un galgo ahora! Tengo mejores piernas que vosotros.

El francés, que era realmente un buen corredor, corría desenfrenadamente, mientras los porteadores, sorprendidos con aquella misteriosa desaparición, que tenía para ellos algo de sobrenatural, perdían el tiempo discutiendo y arrancándose los cabellos, previendo quizá temible castigo por parte de su feroz príncipe.

Juan Baret prosiguió su carrera por espacio de más de media hora, hasta que se vio fuera de la jungla.

Delante de él se extendía el bosque, más espeso aún que la jungla, con matorrales tan tupidos que los perros no habían de descubrirle.


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