En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas —Debe bajar hacÃa la laguna —dijo Juan Baret, respirando a plenos pulmones—. Si consigo encontrar el «Bangalore», Amali puede abrigar aún alguna esperanza de salvar el pellejo sin perder a Mysora. ¡Mysora!
—Con esa muchacha tiene una buena carta y podrá jugársela. Vamos a buscar el barco y luego a libertad a Maduri. ¡Pobre niño! ¡Cuánto se habrá asustado al oÃr aquellos gritos y aquella fusilerÃa! Puede creer que todos estamos muertos.
Viendo plátanos maduros comió un par para mitigar la sed y emprendió de nuevo la carrera, mirando detrás para ver si le perseguÃan los porteadores del bayarte.
Por la parte de la jungla no se oÃa ya ningún rumor. Los cingaleses debÃan haberlo abandonado, llevándose los prisioneros.
—Ha sido una suerte que haya quedado atrás —dijo Juan Baret—. Se ve que les corrÃa prisa conducirme antes que nadie ante el maharajá y no han reconocido a Amali. Más vale asÃ, pues de otra suerte mi plan no hubiera resultado. He ahà una brisita que anuncia la proximidad del lago. Otro golpe y me planto en la orilla.
Animado por el silencio que reinaba en aquellos contornos y convencido de que los cingaleses habÃan tomado otro camino, el francés reanudó su carrera, menos desenfrenada, no queriendo llegar a la laguna enteramente derrengado.