En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas La travesÃa de aquel último trecho de bosque fue realizada felizmente, aun cuando vio pasar un tigre que, por fortuna, ni siquiera le miró.
A las tres de la mañana, Juan Baret se detenÃa a orillas de la laguna y precisamente casi enfrente de las tres islas.
Apenas lanzó una ojeada cuando vio al «Bangalore» que estaba en aquel momento dando la vuelta a la tercera isla, dirigiéndose hacia el pantano.
—¡Qué inaudita fortuna! —exclamó el francés, que casi no podÃa creer lo que estaba viendo—. ¡Alguien hay que me protege!
La nave pasaba tan sólo a cuatrocientos o quinientos metros de la orilla.
Juan Baret, convencido de que no tenÃa ya nada que temer, hizo una bocina con las manos y gritó:
—¡A tierra! ¡Soy el cazador francés, el amigo de Amali!
Vio agitarse en la nave formas humanas, oyó voces y advirtió que las velas cambiaban de sitio.
—¡Me han reconocido! —exclamó—. Estoy salvado.
No era asÃ, sin, embargo, pues en el mismo momento oyó una voz que gritaba en cingalés:
—¡Aquà está! ¡Ya le tenemos!
Juan Baret se volvió, puñal en mano.