En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas —¡Qué desgracia, mi buen Maduri, qué desgracia! Tu tÃo, Durga el capitán y dos marineros, han sido hechos prisioneros por los cingaleses.
Dos gruesas lágrimas aparecieron en los párpados del niño.
—¡Mi tÃo prisionero del maharajá! —exclamó gimiendo, mientras se difundÃa por su rostro una palidez cadavérica—. ¡Oh, gran Buda! ¡Estoy perdido! Señor, ¿creéis que volviendo yo a entregarme al maharajá podrÃa salvarlo? Hablad; estoy pronto a hacerlo.
—¿Para que luego os tenga a los dos? No, valeroso niño; tu permanecerás conmigo y con buena escolta.
—¿Y mi tÃo?
—Le salvaremos; no lo dudes.
El niño meneó la cabeza, mientras corrÃan por sus mejillas dos nuevas lágrimas.
—El maharajá es malo y lo matará.
—Y nosotros, ¿no nos tienes en cuenta?
—¿Lo salvaréis?
—Lo intentaremos.
—El maharajá es poderoso, señor, mientras vos no tenéis más que diez hombres.
—Que valen por cien cingaleses; y además hay otros en la laguna y tenemos aún un barco bien armado, el de tu tÃo.
—Siempre seréis pocos.