En El Mar de las Perlas

En El Mar de las Perlas

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Entró en la jungla y comenzó a subir, precedido por cuatro hombre y flanqueado por los otros seis, carabina en mano.

Tampoco en medio de aquella vegetación había nadie. Sólo algún ciervo o algún antílope, sorprendidos en su sueño, huían, a todas piernas hundiendo impetuosamente los jarales o saltando por ellos con agilidad extraordinaria.

Cuando estuvieron cerca de la pagoda, Juan Baret, que, era tan animoso como prudente, hizo detener a sus hombres, queriendo antes asegurarse de que no había nadie.

Corrió hacia la estatua de Buda y se cercioró con alegría de que la piedra no había sido tocada.

—Maduri debe hallarse aún aquí abajo, si no ha forzado la reja.

Cogió el anillo y tiró de él, levantando la piedra.

—¡Maduri! ¡Maduri! —llamó.

Una voz que reconoció enseguida y que le hizo acelerar los latidos del corazón, le respondió:

—¿Sois vos, señor?

—Sí, soy yo, Juan Baret. El niño apareció bajo la abertura. El francés le cogió en brazos y lo alzó arriba.

—¿Y mi tío? —preguntó el niño, no viéndole entre los hombres que le rodeaban.


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