En El Mar de las Perlas

En El Mar de las Perlas

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Comenzaba a alborear, pero el sol no debía salir hasta mucho después. Los animales, viendo clarear, huían por doquier, para refugiarse en sus madrigueras, mientras los calaos[11] de enorme piro se despertaban dejando oír su cra-cra monótono.

Pasaron el bosque y apareció la jungla con su caos de vegetación.

Formando pendiente, como formaba, podían ver de pronto si había hombres en marcha.

El francés, antes de ocultarse entre las cañas y los bambúes, miró largo tiempo, e interrogó a sus hombres, que, como todos los marinos debían tener buen oído y buena vista.

—No se ve nada —dijeron—. Los cingaleses han abandonado la jungla, harto contentos con conducir los prisioneros al maharajá.

En lo alto aparecería el templo, con sus paredes casi negras y agrietadas, escondido por algunos plátanos de opulento follaje. Tampoco descubría a nadie por allí.

—Se han marchado —exclamó Juan Baret—. ¿Se habrán llevado también a Maduri?

A este pensamiento, aquel valiente se sintió como herido en el corazón.

—No —se dijo enseguida—; no es posible. Estaba demasiado bien escondido y la abertura era demasiado estrecha. Maduri no se habrá traicionado.


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