En El Mar de las Perlas

En El Mar de las Perlas

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—Sí, patrón, voy enseguida.

El segundo llamó a algunos hombres, hizo botar al agua la chalupa que estaba suspendida en uno de los costados del velero y saltó dentro, remando con fuerza.

Amali le siguió algunos instantes con la mirada y después le vio desaparecer entre la multitud de embarcaciones que se cruzaban en todos sentidos, volvió a su puesto, sentándose en el taburete cubierto de terciopelo y encendió nuevamente la pipa:

No había, sin embargo, recobrado la tranquilidad: su frente se fruncía a menudo, sus manos tecleaban nerviosamente sobre la borda de la nave y de vez en cuando se levantaba mirando hacia las playas de Ceilán.

Parecía aguardar a alguien que debiera venir por aquel lado, pero el mar estaba desierto en aquella dirección y liso como una inmensa lámina de metal argentino, sin que la más ligera mancha negra o blanca pudiese indicar que acercará algún barco o algún velero.

Solamente aparecían colas y aletas para desaparecer enseguida. Eran tiburones que se dirigían hacia el banco de Manaar para espiar a los pobres buzos y devorarlos.

Entretanto, alrededor de la lujosa nave del rey de los pescadores hacíase la recolección de las ostras perlíferas.


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