En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas —Tú, el rey de los pescadores de perlas, el hombre más poderoso y más temido de la bahÃa y del estrecho de Manaar, a quien todos los pescadores obedecen, ¿te inquietas por ese cingalés? —preguntó Durga sorprendido.
—Sabe demasiadas cosas que todos los demás ignoran y quizá sabe el motivo por el cual desde hace tres dÃas venimos aquà nosotros.
—¿Qué sabe?…
—Silencio, Durga. Hay demasiados oÃdos a nuestro alrededor… ¿No ves aquella barca que avanza lentamente para acercarse a nuestra nave?
—Son unos pobres buzos que tal vez supongan que las ostras perlÃferas deben pulular bajo la nave del rey de los pescadores.
—Todos son negros como los malabares que montaban la chalupa de aquel joven. No, Durga; el corazón me dice que nos espÃan.
—¿Quién será capaz de impedir tus designios?
—¿Quién? ¿Quién?… ¿Y si los ingleses se metiesen por medio?
—¡Ellos! ¡Sólo se ocupan en vigilar la pesca!
—Durga —exclamó Amali, como si de repente hubiese tomado una resolución—; echa una canoa al agua y ve a preguntar a los pescadores si conocen a ese joven. Es imposible que no haya alguien que sepa quién es y de dónde viene.