En El Mar de las Perlas

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18. La roca cingalesa

AMALI, muy emocionado, permaneció absorto un largo instante antes de golpear la lámina de bronce colgada cerca de la puerta.

La vibración del metal no había cesado aún, cuando se oyó la voz de Mysora, que le invitaba a entrar.

La hermosa cingalesa, que no debía haberse acostado aún, o se había levantado entonces, estaba en pie en medio del gabinete, bajo la lámpara, en actitud altiva y soberbia, casi desdeñosa, creyendo probablemente ver entrar algún centinela.

Llevaba el cuello y los brazos desnudos, sin ceñirse con la ancha faja, y los cabellos sueltos sobre los hombros, ligeramente bronceados y exquisitamente moldeados.

Al ver a Amali hizo un ademán de sorpresa y su rostro se serenó prontamente, mientras sus ojos negros y profundos se endulzaban.

—¡Tú! ¡El rey de los pescadores! —exclamó. ¡Tú! ¿Cómo has podido llegar? ¿De dónde vienes?

—Vengo de Yafnapatam, Mysora —dijo Amali.

—¡No puede ser!

—¿Por qué dices esto, Mysora?

—Porque no habrías vuelto vivo.

—¿Quieres una prueba? Maduri está en mi habitación.

—¿Has libertado al niño? ¿Y mi hermano?

—Se ha quedado sin rehenes.


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