En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas Amali habÃa empuñado el timón para dirigirla en persona.
A las diez, un punto luminoso que brillaba netamente entre aquellas espesas tinieblas le advirtió que estaba a la vista de la villa de Abaltor.
—Llegaremos antes de que estalle el huracán —dijo a Juan Baret que empezaba a sentirse inquieto por el furor de las olas.
—¿Dormirán todos en el pueblo?
—SÃ; y eso valdrá más para nosotros. Podremos desembarcar sin vistos y marchar sobre el fuerte, sin que nadie dé la alarma.
—¿Y aquella luz?
—Es un faro para guiar a los pescadores que vienen de Manaar.
—¿Es seguro el puerto?
—Enteramente defendido de las olas.
—AsÃ, nuestro «Bangalore» no tendrá nada que temer.
—Estará a cubierto de todo peligro.
—Deberemos, sin embargo, dejarle una tripulación numerosa para mantener a raya a la población de la villa.
—No será necesario, pues los habitantes son poco numerosos y casi carecen de armas. Serán bastantes diez hombres y las espingardas. Los otros vendrán, con nosotros a asaltar el fuerte.