En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas Los pescadores, enardecidos por la resistencia opuesta y por las pérdidas experimentadas, estaban para arrojarse sobre los últimos y rematarlos, pero Amali, siempre generoso, habÃa mandado con voz amenazadora:
—¡Ay del que toque a ningún herido! ¡Dejadles que se retiren, como puedan, al poblado!
—¡Qué batida! —dijo Juan Baret, que habÃa salido de la brega sólo con algunos ligeros rasguños—. Es horrible la batalla de dÃa, pero de noche, en medio de huracán, es cien veces más espantosa. ¿Cuántos hombres hemos perdido?
—Dieciséis, señor —respondió Durga, que habÃa pasado lista rápidamente.
—Quedan bastantes para asaltar el fuerte —dijo Amali—. No hallaremos mucha resistencia ahora, pues la guarnición ha sufrido ya la primera derrota.
—¿Vamos a atacar enseguida?
—SÃ, Juan Baret. Aprovechemos el entusiasmo de nuestros hombres y el pánico que reinará entre los cingaleses.
—¡Adelante! —mandó el francés—. ¡A la otra batalla ahora!