En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas EL huracán habÃa ido amainando, porque si en aquellas regiones ecuatoriales las tempestades adquieren una terrible intensidad, de que no tenemos la más remota idea, en cambio son de muy corta duración.
Pero seguÃa soplando el viento con extremada violencia; retorcÃa las copas de los árboles y aullaba siniestramente, causando no pocas inquietudes a Amali y a Juan Baret, al pensar en los pescadores de perlas debÃan reunirse en el poblado.
—Con la borrasca que reina en el mar, no podrán acercarse, —dijo el francés—. Este viento debe levantar olas monstruosas.
—Habrán ido a refugiarse en alguna bahÃa de la costa —respondió Amali—. Sus barcas no podrÃan resistir a tanta furia.
—Peor serÃa aún que la flota se hubiese dispersado.
—Todos conocen la bahÃa de Abaltor, y quien antes, quien después todos arribarán.
—¿Y si tardasen mucho, y entretanto nos asaltasen las tropas del maharajá?
—No tenemos que temerlas una vez dentro del fuerte —respondió el rey de los pescadores de perlas—. Sé que es sólido y posee espingardas.
—Las van a emplear contra nosotros.