En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas Los cingaleses, de vez en cuando, disparaban un espingardazo, derribando algún árbol, y daban la señal de alarma.
No habÃa transcurrido media hora cuando Amali vio regresar a Baret, lleno de fango hasta la cabeza.
—La mecha arde —dijo—. He excavado la mina en el foso, cerca de la empalizada, sin que los sitiados lo hayan advertido.
—Gracias, Juan Baret.
—Silencio, preparémonos para el asalto.
—¿Cederá el recinto?
—¡Con aquella mina! Volará, y tendremos una brecha de muchos metros.
Apenas los pescadores de perlas habÃan formado en columna, llevando una fajina cada uno, cuando un vivido relámpago rasgó las tinieblas acompañado del estruendo de una explosión y de gritos de espanto.
—¡Al asalto! —gritaron Amali, Juan Baret, Durga y el capitán Binda.
Estrecharon en medio a Maduri, que habÃa empuñado una cimitarra y se lanzaron a la muralla.
Los pescadores de perlas salvaron el foso en un abrir y cerrar de ojos, y luego, viendo ante sà una brecha de muchos metros de ancho, se arrojaron dentro con una arrancada formidable.